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Historias de DOS

Valores y fotografía


El fin de semana pasado estaba sentada frente al ordenador para organizar y terminar ciertas tareas que tenía pendientes. Entre archivos de word y carpetas, acabé topándome con una fotografía que había realizado el año pasado, más o menos por estas fechas.

Aunque me considero una mera aficionada en lo que respecta a la fotografía siempre me ha producido admiración como entre tomas y juegos de luces uno es capaz de expresar un sentimiento, narrar una historia o incluso hablar de un tema concreto a través de las imágenes.

Concretamente, esa fotografía formaba parte de una serie de instantáneas que había realizado en la casa de campo de mi familia, un pequeño refugio a las afueras del pueblo en el que me es inevitable evocar escenas familiares de mi infancia y de domingos soleados comiendo todos juntos las paellas de la abuela.

El día que realicé esa misma fotografía me até la cámara al cuello sin tener una idea concreta de qué era lo que quería inmortalizar, así que terminé en aquel lugar sin saber exactamente cuál sería el resultado. Tras una breve investigación del exterior -y unas cuantas capturas aleatorias- terminé mi recorrido en la habitación de mis abuelos en la que se encuentra un precioso armario antiguo que perteneció a mi bisabuela.

No puedo describiros exactamente qué es lo que lo hace especial, quizá las cornisas o el barniz oscuro que lo perfila, o el espejo medio emborronado que produce una variedad infinita de efectos. Esto se produce por unas marchitas brillantes que se han ido formando con el paso de los años como una especie de constelación y que confieren una textura a la imagen semejante a la de una cámara de fotos antigua.

Lejos de encontrarlo defectuoso siempre he pensado que ese armario tenía algo mágico. Quizá por las generaciones que se han visto reflejadas en él o por el hecho de que si dispones de la imaginación suficiente puedes visualizarte a ti mismo abriendo una de sus puertas y apareciendo en la mismísima Narnia.

Tras escoger el lugar y realizar tomas desde diferentes perspectivas, las edité brevemente con toda clase de efectos surrealistas y fantasiosos y las guardé en la misma carpeta que abrí por casualidad hace un par de días. Desde ese momento hasta ahora han pasado alrededor de diez meses y verlas de nuevo me ha producido toda una serie de reflexiones que quería compartir en este texto.

Cuando abrí el archivo esta semana tuve dos sentimientos distintos. El primero fue incomodidad tras analizar la edición de la misma, desde los colores vivos que yo misma había añadido el año pasado hasta la iluminación que no había sido lo suficientemente buena ese día. Admito que pasé bastante tiempo atrapada en estos tecnicismos, hasta que descubrí una segunda sensación que se estaba construyendo. Nostalgia. Hacía mucho tiempo que no había salido de casa a hacer fotos aleatorias de una flor, una paisaje o una persona y esa era una de esas cosas que contribuían a mi felicidad tanto como pasar horas editándolas con toda clase de efectos.

Yo misma y nadie más había opacado mi lado creativo en la fotografía en tan solo unos meses y lo había convertido en algo completamente analítico: Aplicar conocimientos técnicos que nunca antes me habían preocupado sobre un documento.

Y me pregunto, ¿por qué razón una misma persona puede cambiar tanto su perspectiva de un momento a otro? ¿Qué es lo que provoca que un día busques colores vivos y brillo y otros estés empeñado en neutralizarlos?

Podríamos encontrar cientos y cientos de razones por las que esto sucede a diario. Hay miles de cosas en nuestro día a día que nos van modificando: las personas con las que nos rodeamos, la rutina e incluso el simple comentario de un extraño. Cada pequeña cosa va adhiriéndose a nosotros, creando las piezas del puzzle que somos cada uno.

Esta reflexión puede aplicarse desde algo tan trivial como mi experiencia con la fotografía hasta cuestiones mucho más profundas, como las actitudes y los valores por los que nos guiamos día a día o más bien cómo configuramos nuestras acciones para ser felices con nosotros mismos.

Era algo que llevaba rondando de mi cabeza desde hacía unos días tras haber estado leyendo los textos del exmonje Jay Shetty , en los que proponía dos preguntas para saber si estabas en el lugar correcto:

Qué valores se han colado en mi vida

Cuáles son mis valores y si mis decisiones están en consonancia con ellos

Todas estas preguntas conllevan entablar un diálogo personal para descubrir la verdad más simple: recordar quién eres y si estás en el entorno y el camino correcto. No se trata únicamente de buscar la fórmula de la felicidad sino de alcanzar la plenitud total tras identificar las cosas que te están alejando de quién eres realmente.

Pregúntate esto: ¿Cuál es tu esencia, cuáles son tus valores ? ¿De qué manera te gustaría vivir tu vida si pudieras?

Es tan sencillo rendirse ante la cotidianidad y recibir influencias de nuestro entorno que cuando conectas de nuevo eres consciente de las muchísimas pequeñas cosas que cambiarías y que no se identifican contigo aunque las practiques día a día.

Hay que tener en cuenta que cambiar puede resultar complicado y que los extremos no existen cuando se trata de una evolución personal. Una de las cosas que recomendaba el mismo Shetty era desprenderse de los valores que no nos identifican y de las personas y situaciones que no nos permitan ser nosotros mismos. Incluso en algo tan simple como las posesiones personales es fácil intuir que nos está pasando.

Te propongo un ejercicio. Piensa en qué has invertido tu dinero este último mes y que no comprenda necesidades básicas. Ropa, actividades u objetos. ¿Se ajustan las cosas que has adquirido a tu visión del mundo? ¿Se corresponden esos gastos con lo que más te importa?

La moraleja que extraigo tras todas estas reflexiones es que es necesario saber realizarnos las preguntas correctas, escucharnos y comprender nuestras necesidades porque solo entonces podremos entender en qué momento empezaron a desviarse las cosas de nuestro camino y cómo cambiarlo.

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Hoy he abierto de nuevo la fotografía. Y he pasado varias horas añadiéndole colores, luces y brillo. He vuelto a tener la sensación de que detrás del armario había un mundo nuevo. Paso a paso, es fácil recordar de nuevo.